Cada una de estas cuatro islas Baleares (o Illes Balears, en catalán) está flotando serenamente en el brillante Mediterráneo. Mallorca es la isla mayor, la combinación de un poco de todo, dese el espectacular paisaje de montaña hasta un sendero que atraviesa el mismo mar, ideal para el turismo.

Ibiza es sinónimo de discotecas, la isla que le da la fiesta a Europa. Menorca es un paraíso de tranquilidad, con espléndidas playas y calas aisladas, con monumentos prehistóricos de pie como recuero taciturno de los pequeños que somos antes las grandes cosas. Y la pequeña Formentera, una isla chill-out, donde algunas personas se pierden durante todo el verano, es para los que sólo necesitan playas de arena blanca y las puestas de sol para estar contentos.

Cada año, una fuerza multinacional masiva invade las islas en busca de un pedazo de este paraíso de múltiples facetas. La población total de las islas no equivale ni al millón de personas, pero muchas veces aumenta considerable por el puente aéreo durante todo el día y el desembarco de cruceros desde Semana Santa hasta octubre.

Sorprendentemente, las islas han logrado mantener gran parte de su belleza, pues más que complejos hoteleros de gran altura, bares y playas, son muy populares sus catedrales góticas, las ruinas de la Edad de Piedra, pueblos de pescadores, espectaculares paseos, calas solitarias, un sinfín de olivos, almendros y cítricos, así como una creciente gama de retiros elegantes, rurales y algunos restaurantes están atrayendo una amplia gama de visitantes.